Pues ya sabéis, los que no fuisteis y los que fuisteis también, lo bien que nos lo pasamos en Vegavercera, que es un pueblo que queda cerca de Rodillazo. Básicamente los habitantes del pueblo éramos 13: nosotros ocho (El Cato y la Ro, El Albi y la Nieves, la María y el Javi, la Iria y el Sito), junto a la dueña de la casa, que nos perseguía por todos los lados dándonos pródigamente explicaciones de todo tipo (nos aparecía en todas las esquinas como por arte de magia), una señora de bata azul muy rara que vivía al lado y el último día le rompió el piloto del coche a Sito, la señora de la tienda, que a veces abría y a veces no, y la dueña de la fábrica de embutidos, que abría cuando sabía que andábamos cerca. Poco más. Era…¿cómo deciros? Como un Baiona en invierno, como un preservativo en el claustro de un colegio de monjas. Estaba todo cerrado (en verano debe ser la bomba, porque hay un montón de centros de turismo rural, casas y el cámping), a pesar de la existencia de un bar en el que se dedicaban a cocinar chivo todo el día y en el cual aplacamos un par de veces la sed que no saciaran 3 cajas de cerveza Frinkirbürgenlinkinpark, y algo de vino, y algo de licor café, y algo de crema de orujo y algo de ginebra… ¿Qué os voy a decir que no sepáis?
El pueblo era todo tranquilidad y la casa era una maravilla, a pesar de dos disgustos iniciales: la chimenea no funcionaba y Nieves se quedó sin dosel, no había dosel, “matouse o can e acabouse a rabia” (en realidad el dosel se había convertido en las cortinas del salón). Margarita, Mariana, Marina, María, Margarina, Mondoñedo o Mantequilla, que así se llamaba la dueña de la casa según quién lo dijera y a qué hora, nos explicó que la casa tenía una larga historia familiar y media familia colgada de la pared, en principio fotográficamente, aunque hubo varias versiones sobre la presencia o no de familiares de la dueña en la casa, misteriosamente desaparecidos en años pasados. Javi subió en medio de la noche a la segunda planta y bajó lívido. No dejaba de tener cierto aspecto a Los Otros, aquella pared, pero la casa estaba bien pero que bien chula y para verano tiene muchas posibilidades. Descubrimos que habitábamos en una calle que no existía; es decir, sí existía, pero no tenía nombre: la placa se la había puesto Margarita, Mariana, Marina, María, Margarina, Mondoñedo o Mantequilla, titulándola con el nombre de un familiar, teniente de alcalde para más señas. La calle principal también tenía los mismos apellidos que ella. Era, nuestra calle que no existía, la que haría la número tres de Vegacervera. Pateamos un poco un día por una ruta, que más que ruta era el ascenso a un barranco por lo que dimos vuelta, anduvimos caminando por las Coc…, perdón, las Hoces, fuimos a ver las cuevas de Valporquero (espectaculares) donde tienes que mear antes de entrar como cinco veces (el número de veces que te lo advierten en persona, en papel, o por megafonía), al día siguiente hicimos otra ruta por las cercanías. Bueno, que entre casa y viaje y compras me gasté un pasta, y no estoy dispuesto a daros el viaje ahora a vosotros, así de gratis. Así que no cuento más.
Jejeje, era broma. Que el viernes nos hicimos una cena de embutidos quepaqué, que si chorizo, que si salchichón, que si lomo, que si queso, que si cecina, que si jamón... que estaba todo buenísimo y nos quedó el colesterol por las nubes; y el sábado nos hicimos una fabada familiar en la casa, con todo productos de la tierra y unas habas como puños que estaba, de verdad, deliciosa pero deliciosa. Sólo decir que la morcilla, que tenía un tamaño nachovidaliano se deshizo todita en la salsa que quedó de rica como para beberla a chupitos. Todos los productos eran del lugar, ni que decir tiene. Y todo ello aderezado con mucho pan, porque María no dejaba de comprar bollas y bollas de pan. Que reímos mucho, arreglamos el mundo como no podía ser de otra forma, hicimos turismo cultural y natural, ejercicio y vicio, aunque, la verdad, tampoco hubo mucho tiempo. Que qué diferentes son las montañas cuando no están cubiertas de eucaliptos, me cago en la leche, ¡qué colores tienen los árbores cuando no tienen el destino de convertirse en pasta de papel! y qué rico está el chivo, pobre, con lo majo y gracioso que es. Sito se trajo dos patas de chivo para compartir con todo el que quiera, para que la gente lo deguste; que lo llaméis para saber con antelación cuantos vamos a ser en la cena.
Y corto porque si me lío acaba contándoos el viajes por fascículos, en cuatro tomos. Que abrí una nueva cuenta (otra) en Flickr con las fotos, que podéis consultar en el enlace siguiente (me curré los comentarios, así que ya podéis leerlos, le dais a ver como presentación y "Mostrar información")
http://www.flickr.com/photos/32659072@N03/sets/72157609733860698/
Cato

jajajajaj que misterioso, magico y divertido el lugar y viaje......es que me parto al leerte....parece que os estoy viendo......jajajaja....y parece que estabamos telepaticamente comunicados....pues este finde fue tambien muy magico y misterioso para mi......pues como os contaba en el mail encontré a mi compi de piso y decidimos que nos ibamos a vivir a las ramblas....que por cierto espero que vengais a verlo!!!!!
que sepais que estuvimos a puntito de ir y aparecer de sorpresa....que ya lo teníamos todo visto y calculado.....pero al final la pasta y las 9 horas de viaje ida y vuelta pudieron más que las ganas ......que por ganas no eran....
para otra vez será.....algun lugar mas intermedio....
muchos muchos besiños lindos......
ahhh!!! sito yo quiero chivo!!!! apuntame!!!